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Asesinato en el Parque Sinaloa (reseña) | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

Este texto apareció originalmente en vientredecabra.wordpress.com

El quinto episodio de la saga de Edgar “El Zurdo” Mendieta es una buena sinfonía del fracaso. Desde ese rincón de podredumbre, que hermana a la humanidad, el detective tiene que enfrentarse a la cotidiana derrota del día a día. Con un alcoholismo que le muerde la conciencia a cada descuido, El Zurdo padece ya no sólo los avatares que la investigación demanda, sino sobre todo sus propias heridas, siempre sangrantes, luego de aceptar que su territorio natural es el abismo.

En este lugar propicio para las sombras y el recuerdo, el lector encuentra al policía judicial con el alma abollada. Mendieta no sabe cómo responder a las últimas andanadas de cariño que le llegan desde el otro lado del muro, con Susana como protagonista de un amor que promete morir de a poco. Si acaso su hijo Jason es el único asidero real con el que cuenta Édgar.

Todos a su alrededor saben de la mácula del Zurdo. Lo perciben como un policía que, en su aventura anterior, ayudó a la líder del cártel del Pacífico, Samantha Valdés. Se trata, por tanto, de un agente besado por el demonio. Ante tal panorama el detective se refugia en su propia podredumbre. Es un exiliado en la soledad del alcohol y la melancolía. Solamente una fuerza mayor puede exigirle salir de la mierda, y esa fuerza es la amistad. Abel Sánchez, su mentor y ex compañero, le pide investigue la muerte de su hijo, supuestamente asesinado por su novia en el emblemático Parque Sinaloa de Los Mochis.


Con los demonios susurrándole al oído, Mendieta regresa a su puesto y viaja, acompañado de su equipo, a la ciudad vecina, con la intentona de resolver un crimen justo en un país donde la impunidad se ha convertido ya en un símbolo patrio. Es por ello que la figura quijotesca de Mendieta ha seducido desde su primera novela: Balas de plata. Se trata de un personaje que lucha a sabiendas de su fracaso. No se puede tener justicia en un país donde la justicia también fue secuestrada y desaparecida tanto por delincuentes como por autoridades. Desde ese ambiente de oscuridad que suelen tapizar sus historias, El Zurdo regresa a la acción con más incertidumbres que esperanzas.

En Asesinato en el Parque Sinaloa volvemos a toparnos con el universo del agente donde balaceras, narcos, policías y encuentros amorosos se mezclan al ritmo, casi siempre, del rock clásico, sin estar ausentes los corridos ni los troqueros. La velocidad de las obras de Élmer Mendoza regresa con esta entrega, lo que hace que la trama se bifurque en dos historias paralelas que se van imbricando de a poco. Mientras el ovillo narrativo termina por formarse, los guiños a la realidad mexicana se vuelven irónicos de tan absurdos, seductores de tan cercanos.

Luego de que la anterior obra de la saga, Besar al detective, había decepcionado un poco, sobre todo porque al mover a Mendieta de su ciudad natal, se le veía insípido, con Asesinato en el Parque Sinaloa El Zurdo vuelve a tomar su fuerza característica. Para quienes han seguido las correrías del policía, seguro disfrutarán de esta novela que navega libremente por los infiernos del detective que, como todo infierno, nos reserva aún bocanadas de paraíso.

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