#4 TiemposSan Luis en su historia

Amor y confianza | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

Poder para testar que otorga Julián de Cosío en favor de su esposa

En este artículo hablaremos de una figura jurídica que ya ha desaparecido de los códigos civiles occidentales, se trata del Poder para testar, esta Institución de derecho consistía en que yo, como ciudadano, que tengo derecho a disponer lo que quiero que pase con mis bienes después de mi muerte: quién será el propietario, o si quiero que haya varios propietarios, en qué forma van a quedar divididos dichos bienes, si mis hijos son menores de edad, quién quiero que maneje los bienes que yo les voy a dejar etc.

En la actualidad, puedo hacer esto en un documento que se llama testamento o disposición testamentaria y es un acto personalísimo, esto quiere decir que absolutamente nadie puede hacerlo en mi nombre. Pues bien, en la época en que el territorio mexicano estaba bajo el régimen jurídico español, es decir, cuando México era un virreinato o como dicen algunos otros era una colonia española y se llamaba La Nueva España, cualquier persona, mayor de edad, podía darle poder a alguien para, que en su nombre y una vez que hubiera muerto, dijera qué se iba a hacer con los bienes que formaban el patrimonio material de aquel que había dado el poder.

Alguno podría pensar que el testamento que se llama público cerrado, es equivalente a la memoria secreta, pero no es así, porque en el testamento público cerrado, en el sobre que contiene el escrito donde el testador expresa su voluntad, se encuentran las firmas del testador, del notario y de dos testigos en la parte donde se cierra el sobre, de tal manera que si alguien lo abriera anticipadamente, sería muy fácil probar que el sobre había sido violado, se notaría porque las firmas aparecerían mutiladas. El escrito que se introduce en el sobre se hace por duplicado, un ejemplar se queda en las oficinas del Registro Público de la propiedad  y el otro en los papeles del testador.

He aquí la transcripción del Poder para testar. Nótese que está redactado en segunda persona debido a que es el notario o escribano el que se expresa según las indicaciones recibidas por Julián de Cosío.                  

En la ciudad de San Luis Potosí en 8 de febrero de 1823 tercero de la Independencia de este Imperio Mexicano ante mí el escribano y testigos, don Julián de Cosío originario del Lugar de la Puente en España, mayor de 50 años de edad, casado, hijo legítimo de don Francisco de Cosío y de doña Anna Gómez de Cosío, ya difuntos, creyendo como fiel y verdaderamente cree y confiesa en el altísimo e incomprehensible Misterio de la Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, tres personas  distintas y una sola Divina esencia; en el de la Encarnación del Verbo Divino en las Purísimas y Virginales entrañas de María Santísima por obra del Espíritu Santo; en la real presencia de Nuestro Señor Jesuchristo en el Augustísimo Sacramento del altar y todos los demás Misterios y Sacramentos que tiene, cree y confiesa nuestra Madre la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, bajo cuya verdadera fe y creencia he vivido, viviré y protesto vivir y morir como católico, fiel cristiano. E invocando el auxilio de la Divina gracia por intercesión de la Reina de los Cielos y Madre Nuestra María Santísima, de los santos de su nombre; Ángel de su guarda y demás de la corte celestial, para que alcancen de Dios Nuestro Señor la remisión que espera de todas sus culpas dijo: “que por cuanto sus graves ocupaciones y otros motivos no le permiten disponer con la claridad, madurez y reflexión que desea y se requiere, las cosas concernientes a su última voluntad, y tiene suma satisfacción, y confianza de que su legítima esposa doña María Dionisia Bernal, por el mucho amor que se tienen, las desempeñará con el acierto, prontitud y eficacia correspondiente por habérselas  comunicado y estar bien cerciorada de ellas. Por tanto estando como por la infinita misericordia de Dios, está bueno y en su entero y cabal juicio, memoria y entendimiento natural, temeroso de la muerte, deuda tan precisa a todo viviente humano, como incierta su hora, para que cuando llegue, no le halle desaprevenido de disposición testamentaria, en la mejor forma que haya lugar en Derecho. Otorga y confiere a la citada Doña María Dionisia Bernal tan amplio y eficaz poder como es necesario para que en su nombre y representando su persona, formalice y ordene dentro o fuera del término legal, su testamento y última voluntad o declaración o disposición de pobre según el caudal que deje, haciendo en él los legados píos, forzosos y graciosos que le pareciere y las fundaciones de vínculos del tercio y quinto o cualesquiera de ellos por vía de mejora en cualesquiera de sus hijos varones con las sumisiones, sustituciones y gravamen de restitución y fideicomiso en el tercio que prescribe la lay 27 de Toro, señalando el importe de la mejora en los bienes raíces que dejare, sustituyendo a sus hijos pupilos, dándoles por sustitutos a sus hermanos o cualesquiera de ellos, nombrando por tutora o curadora ad bona [de los bienes] del que actualmente tiene a la expresada su poderhabiente doña María Dionisia Bernal y Haciendo asimismo las declaraciones, remisiones de deudas, descargos de su conciencia y demás cosas que el otorgante le tiene comunicado y comunicará en lo sucesivo o declarando haber muerto pobre, si no dejare  bienes de qué testar, pues aprueba todo lo que con arreglo a las referidas facultades practicare y quiere tenga la misma validación y subsistencia que si aquí fuera literalmente expresado y que por tal se estime. Para lo cual, y cada cosa le da el mismo absoluto y eficaz poder con todas las firmezas y amplitudes convenientes que legalmente se requiere, y con libre, franca y general administración, y para ello otorgar su testamento u otra disposición y evacuar enteramente todo lo que disponga, ordene y declare en virtud de este poder y de una memoria secreta que deja firmada de su puño aunque sea de  letra extraña que quiere y es su voluntad se tenga por parte esencial de su disposición, la cual comienza con estas palabras: San Francisco, San Antonio de Padua y San Juan Nepomuceno. Le prorroga el término que el derecho prefine por el que necesite, sin limitación y solo reserva en si lo siguiente. Encomienda su alma a Dios…

También lea: Hechos que provocaron las insurrecciones en América | Columna de Ricardo García López

Nota Anterior

El fenómeno Cleveland | Columna de Adrián Ibelles

Siguiente Nota

CEDH: Primera llamada | Columna de Ricardo Sánchez García