#4 TiemposSan Luis en su historia

El amor de padre | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

Desde la época de los romanos, para simbolizar la responsabilidad y, hasta cierto punto, el interés y afecto con que se debería desempeñar una determinada función pública o un nombramiento jurídico como el de tutor, curador, albacea y otros muchos, hacían prometer al que se otorgaba tal nombramiento, que desempeñaría tal función como lo hace en su hogar un buen padre de familia.

Quienes tenemos la dicha de ser padres entendemos, casi a la perfección, lo que los jurisconsultos romanos querían decir con esa frase. De todas formas, con frecuencia nos preguntamos, ¿hasta dónde debe llegar ese amor? ¿En qué forma debemos manifestar nuestro cariño a los hijos de manera que no se convierta en una idolatría, que en lugar de fortalecerlos los convierta en seres débiles y con una dependencia que pudiera juzgarse como viciosa?

Una hermosa opinión que pudiera orientarnos, la encontramos en La Vida de Cristo de Giovanni Papini (Florencia *1881 +1956), misma que aquí transcribimos:              

Giovanni Papini

Historia de Cristo, Porrúa 1984, p.11

El amor del padre a los hijos es el perfecto Amor, el puro, desinteresado Amor. El padre hace por el hijo lo que no haría por ningún otro. El hijo es obra suya, carne de su carne, hueso de sus huesos; es una parte suya que ha crecido a su lado día tras día; es una continuación, un perfeccionamiento, un complemento de su ser; el viejo revive en el joven; lo pasado se mira en lo futuro; quien ha vivido se sacrifica por quien debe vivir; el padre vive para el hijo, se complace en el hijo, en el hijo se contempla y exalta. Cuando dice criatura, piensa en sí como creador; aquel hijo le ha nacido en un momento de voluptuosidad, entre los brazos de la mujer escogida entre todas las mujeres; le ha nacido del dolor divino de esta mujer; le ha costado después lágrimas y sudores; le ha visto crecer entre sus pies, a su lado; le ha calentado las manecitas frías entre las suyas; ha oído su primera palabra –eterno milagro siempre nuevo-; ha visto sus primeros pasos vacilantes sobre el pavimento de su casa; ha visto poco a poco, en aquel cuerpo formado por él, florecido bajo sus ojos, brillar, manifestarse un alma –una nueva alma, tesoro único que con nada se compra-; ha sorprendido en su rostro cómo se repetían poco a poco las facciones propias, y juntamente, las de su esposa, las de la mujer con la cual sólo en aquel fruto común se hace un mismo ser sin más división de cuerpos –la pareja que quisiera en el amor ser un solo cuerpo, y solamente lo consigue en el hijo-; y ante aquel nuevo ser, obra suya, se siente creador, benéfico, poderoso, feliz. Porque el  hijo lo  espera todo del padre, y mientras es pequeño sólo tiene fe en el padre y solamente está seguro junto al padre. El padre sabe que debe vivir para él, sufrir por él, trabajar para él. El padre es como un dios terrestre para el hijo, y el hijo es casi un dios para el padre.

En el Amor del padre no hay huella de los cumplidos y de la costumbre del Hermano, del cálculo y de la emulación del Amigo, del lascivo deseo del Amante, del fingido afecto del Servidor. El Amor del padre es, en lo humano, el más puro Amor, el solo Amor, verdaderamente Amor, el único que se puede llamar Amor; libre de toda mixtura de elementos extraños a su esencia, que es la felicidad de sacrificarse por la felicidad ajena.   

 

LA ALEGRÍA QUE NO ENGAÑA

La única alegría que no engaña entre las engañadoras alegrías de los hombres es la de abrazar o tener en las rodillas a un niño de cara rosada por una sangre que es también nuestra, que nos sonría con el primer esplendor de sus ojos, que balbucee con sus primeros esfuerzos p p p a a p p a a, m m ma mma, que nos haga recobrar la ternura de la primer infancia que ya habíamos perdido. Sentir junto a nuestra piel adulta, ya endurecida por soles y vientos, una carne nueva,  tierna y naciente, en la que parece conservar la sangre todavía un poco de la dulzura de la leche; una carne que parece hecha de pétalos tibios y vivientes, y sentir que esa carne es nuestra, formada en la carne de nuestra mujer, nutrida con la leche de sus pechos, y espiar las manifestaciones, la floración lenta del alma en esa carne que, aunque sea por breve tiempo, nos pertenece, que pertenece a aquella que nos pertenece; ser el único padre de esa criatura única, de esa flor que está abriéndose a la luz del mundo; reconocerse en ella, ver de nuevo nuestras miradas en sus pupilas estupefactas, volver a oír nuestra voz en su boca fresca, aniñarnos con ese niño para ser dignos de él, para estar más cerca de él; hacernos más pequeños, mejores, más puros; olvidar todos los años que nos han acercado silenciosos a la muerte; olvidar por un momento la soberbia de la virilidad, el orgullo de la ciencia, las primeras arrugas del rostro, las amarguras, las suciedades, las indignidades de la vida, y volver a ser vírgenes junto a aquella virginidad, serenos al lado de aquella serenidad y buenos con una bondad desconocida antes; ser en suma, padres de ese hijo que crece día a día en nuestro lecho, en nuestra casa, en brazos de nuestra esposa, es tal vez, y, sin él tal vez, el más alto deleite humano concedido al hombre que posee un alma dentro de su barro.

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