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Alturas entre trigo y gozo | Columna de Jorge Ramírez Pardo

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Es una hora incierta durante la mañana del 25 de diciembre en Desaguadero, puesto fronterizo Perú-Bolivia, con el lago Titicaca al flanco izquierdo. El día es nublado y frío. Hace una hora, cuatro excursionistas mexicanos dejaron, ya sin ella, la casa de la hospitalaria mujer de trigo, Lucy Trigozo, en la rivera del mismo lago junto a la ciudad de Puno, Perú.

Es verano, sin embargo, condición de nieves perpetuas. En los surcos de sembradíos quietos hay hielo y silencio disueltos a rato por las ventiscas.

Un letrero, junto a una cabina fundida con el paisaje, consigna: “Bienvenidos a Bolivia”. Un retén/viga atravesado es obstáculo para reanudar la marcha.

Dentro de la cabina, un hombre uniformado, con desaliño, desgastado por frío y des-tiempo, llora como niño. Cuando se percata de la presencia de los viajeros, sin contener el llanto, se queja de haber pasado solitario la noche de navidad en aquel puesto fronterizo. “Son ustedes los primeros viajeros en auto del día y los primeros mexicanos que he visto en mi vida, ¿de veras son de México?”

Acalla su llanto y comparte la botella de pisco, partitura para entonarse y deponer soledades y silencio. Aquel hombre quechua, advierte, “son las 2 de la tarde”, cuando el paisaje luce atemporal. Su mirada y ánimo son otros. “Cuando vaya a casa, podré contar a los hijos, mi señora y amigos, por aquí pasaron unos paisanos de Jorge Negrete y Tintán, y tomamos del pisco…, no lo van a creer”.

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Tres días antes, Lucy Trigozo, gozo, conoció y abordó a esos viajeros en la plaza principal de Punco mientras se reponían del “mal de montaña” causado por el trayecto. Se acercó atraída por sus gabanes y el auto/vocho policromado. Ofreció, previa consulta a su marido, profesor de la Universidad del Altiplano, hospedaje y su casa para pasar la noche de Navidad cuando ellos se fueran a celebrar esa fecha con familiares de Arequipa: “Antes de salir tomen y lleven cada uno un chuzo (gorro inca) de los que cuelgan en la pared y al cerrar, dejen las llaves por debajo de la puerta. Vayan nomás pues”.

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El puesto fronterizo y el Titicaca quedaron atrás hace a dos horas, el mapa y el kilometraje indican la proximidad con la ciudad de La Paz, capital de Bolivia. En un recodo del camino, salen al paso militares/cuasi infantes. Parecen niños por su evidente juventud, candor y baja estatura. Enfundados en uniformes de talla holgada, con dificultad cargan sus rifles. Solicitan pasaportes a los viajeros y, los cinco milicianos, se los turnan de mano en mano para curiosear la colección de visas, sellos y estampillas que los cuadernillos contienen. Deponen su obligación vigilante, sacan a pasear al infante curioso e interesado en saber dónde es México y cómo ha sido el trayecto.

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La estancia en un albergue de La Paz, es amable y condimentada por conversaciones con profesores de una universidad de donde migraron profesores y alumnos a la huestes de Ernesto “Che” Guevara. Unos dejaron la vida en los ideales, otros la conservan clandestina. Son días/años en Bolivia cuando se vive de golpe en golpe militar y en condiciones de sordidez acrecentadora de pobreza y marginalidad recurrentes.

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De camino a Argentina, siempre en un auto compacto, la llegada a la ciudad de Potosí (inspiradora de nombre aleatorio para San Luis Potosí) los viajeros se hospedan en un mesón, comparten piso, hacinamiento y aromas, con indios procedentes de comunidades del Altiplano prestos a ofrecer sus mercancías en el mercado ambulante apenas despunte el día.

Por disposición del Departamento de Investigación Criminalística, se solicita a los viajeros depositar los pasaportes en la administración y, antes del acomodo de cobijos para dormir, se les requiere en el vestíbulo del lugar. Un propio de criminalística, les notifica el decomiso de los pasaportes e indica el lugar adonde irán a prisión domiciliaria a partir de las 9 de la mañana del día siguiente mientras se aclara su condición de extranjeros sin autorización (no advertida por los niños/militares) para estar en territorio boliviano por más de 72 horas.

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El arraigo domiciliario es de opereta. El vigilante, un hombre amable y sonriente, dispensa la estancia en un cuartucho estrecho y oscuro para trebejos. Por el contrario, permite y orienta a los viajeros para conocer Potosí, a condición de reportarse cada dos horas mientras llega la notificación de La Paz para eximirles de antecedentes penales.

Tal notificación nunca llega, pero si la devolución de los pasaportes como a las 6 de la tarde. Ello permite, a media tarde del 31 de diciembre, cruzar por el puesto fronterizo La Quiaca, en la provincia de Salta, e ingresar a territorio argentino.

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Eran los años y los días pre-universitarios, de altas y bajas en la orografía y las circunstancias de Latinoamérica, durante un viaje extendido 5 meses en el tiempo y 40 mil kilómetros zigzageantes. En la alforja queda el recuerdo de la inmarcesible hospitalidad, en particular la colombiana -de subrayada valía pereirana y antioqueña-, la dulzura ecuatoriana, a la generosidad de Lucy Trigozo.

América Latina continental recorrida por tierra, invitaba a respirar el espíritu bolivariano, nunca bien asentado ni desterrado, de propósitos unificadores anti neocoloniales.
Feliz año, México, por un cambio de régimen genuino.

Jorge Ramírez Pardo, enredarteslp@hotmail.com,  periodista y cinematografista por la UNAM.

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