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Albert Camus: el amor y el exilio | Columna de Carlos López Medrano

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El exilio fue la constante en la vida de Albert Camus.  Un exilio espiritual, físico y emocional. Nacido, en Argelia, nunca se libró de la sensación de “no pertenecer”. A diferencia de otras figuras de su época, él no se educó en escuelas ni universidades de élite; cursó la educación media-superior en el liceo de Argelia, una institución muy limitada en comparación al Lycée Henri IV, al Lycée Louis-le-Grand o todas esas “grandes écoles”, en donde se instruyeron Michel Foucault, Alain-Fournier, Jean-Paul Sartre o Jacques Derrida.

Camus tampoco fue aceptado en su momento para estudiar en alguna de las universidades más prestigiosas de París. Acabó por cerrar su educación formal en la Universidad de Argel, la única ciudad a la que veía como un verdadero hogar.

El autor de “El extranjero” no veía su condición provinciana como algo negativo, al contrario. Siempre agradeció a todas esas personas sencillas que se atravesaron en su camino y que conformaron para él una alta concepción de la ética y la moralidad. De hecho Camus prefería juntarse con la gente de a pie antes que con la clase intelectual que tanto le aterraba y a veces asqueaba. Conversar con niños, trabajadores, campesinos y futbolistas era para él más satisfactorio e instructivo que escuchar la enésima perorata que los filósofos tiraban desde cafés citadinos. No por nada, cuando recibió el Premio Nobel de Literatura, decidió enviar la famosa carta de agradecimiento a Louis Germain, uno de sus profesores de la primaria a quien le agradeció por la inspiración y servicios prestados con una humildad inaudita para alguien de su calibre y estatus. Germain fue quien convenció a la familia de Camus para mantener al pequeño  en la escuela y no ponerlo a trabajar, como requería la economía del hogar. La familia tuvo que hacer un enorme esfuerzo, pero finalmente hicieron caso a aquel tutor insistente que confiaba en el potencial de ese niño que acabaría por darle la razón.

“Cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, la mano afectuosa que tendió al pobre niñito que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece por lo menos la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso continúan siempre vivos en uno de sus pequeños discípulos, que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.

***

Como no podía ser de otra forma, Albert Camus encontró el amor en otra exiliada, la actriz María Casares, quien luego de la guerra civil española tuvo que escapar a Francia, en donde llevó una prolífica carrera en el mundo del teatro. Se conocieron en marzo de 1944 y consumaron el amor el 6 de junio de ese mismo año, en los albores de la segunda guerra mundial. Unas horas antes los aliados habían llevado a cabo el histórico desembarco de Normandía para rescatar uno de los pilares de la civilización occidental que estaba invadido por nazis.

Camus estaba casado por entonces con la pianista y matemática Francine Faure. Pero Camus y Casares pudieron gozar de una relación temporal ante su ausencia. Francine se encontraba refugiada en Argelia debido a la tensión bélica que asolaba al país galo. Pero cuando ella al fin regresó a París a finales de ese mismo año, el par de amantes tuvo que cambiar la dinámica. Decidieron terminar; dejarlo así, como un amor de verano. Lo más conveniente era que cada uno siguiera a lo suyo. Ella con la actuación y él con la escritura, su esposa y los dos hijos que tendrían en septiembre de 1945.

Todo parecía acabado entre la actriz y el escritor. Acaso todo quedaría como una historia que tendrían que guardar en la memoria, como un tormento inconcluso. Pero en 1946, curiosamente otro 6 de junio, ocurrió lo extraordinario. Camus caminaba por el Boulevard Saint Germain cuando por casualidad fue topado por Maria Casares. El encuentro fortuito, luego de largo tiempo de no verse, exactamente 2 años después del ascenso de su amor, fue interpretado como una señal. El cariño y el deseo no se habían ido. Esta vez decidieron que los compromisos circunstanciales no los iban a detener. Aunque fuera en lejanía, iban a continuar con el vínculo.

Camus y Casares tuvieron ires y venires, se veían muy esporádicamente. La cercanía se mantuvo más que nada por vía epistolar. La pareja se escribió cartas por más de 12 años. El contenido de las misivas no ha sido editado en español, pero Stephanie LaCava, editora de Small Press Books, ha recogido varios fragmentos en inglés.

Así fue posible darse cuenta que María Casares fue un soplo de aire fresco para Camus, quien confesaba sentirse embebido y fascinado por aquella chica española que le había cambiado la concepción de la realidad. El francés se había llenado de buenas sensaciones gracias a ella; odiaba menos, aceptaba más y, en sus propias palabras “había aprendido a vivir”.

Camus, sin embargo, se sentía agobiado. Creía que no estaba ofreciendo lo suficiente. A sabiendas de la distancia, de la vida matrimonial que llevaba y las responsabilidades que tenía por condena, Camus estaba apenado por lo que ofrecía a una chica tan extraordinaria. “Este amor desafortunado no es lo que mereces”, le dijo en una memorable línea de sus cartas.

En muchos sentidos, Camus veía la relación con Casares como algo irracional, casi tonto. Tenía a dos mujeres (y otros deslices pasajeros) a cada extremo de una cadena irresoluble que avanzaba sin más. Otras veces Camus asumía tal condición. La vida era absurda de cualquier modo. Qué más daba dejarse llevar por ello si había placer y amor de por medio. “En ti encontré una fuerza de vida que creí haber perdido. Eres el único ser que me ha reducido a lágrimas”, le confesaba a María.

Pese a todo, Albert Camus no se divorció por el respeto ceremonioso que sentía ante el compromiso. Había establecido una proximidad oficial con su mujer y había que ir hasta las últimas consecuencias. Albert Camus se negaba a renunciar, sin saber que en el amor eso podía tener un doloroso efecto secundario. Francine Faure sufrió por la simulación más de lo que probablemente hubiera padecido con una separación. La esposa de Camus sabía de la infidelidad que su marido sostenía a larga distancia. No reclamó demasiado y más bien interiorizó la aflicción hasta caer en un cuadro depresivo que la llevó a un intento de suicidio. Lo más probable es que María Casares fuera el amor definitivo de Camus.

Y vaya que necesitaba de un fuerte amor. A mediados de siglo Albert Camus se encontraba en un momento complicado. Pese al aura estelar que le había otorgado el éxito de “El extranjero” y “La peste”, pronto la confrontación con Sartre lo convertiría en un proscrito de la intelectualidad francesa, tan sumida en dogmas en esos días. Camus rechazaba el compromiso político y defendía la duda a ultranza, el alejamiento. La posibilidad de decir “no”.

Por eso rompió con la izquierda, la que demandaba el aceptar un liderazgo y llevar una postura comunal. Camus tenía el desapego como núcleo. Se negó rotundamente a apoyar a regímenes totalitarios por más novedosos o deslumbrantes que parecieran en un principio. Las intenciones no bastaban, había que exigir resultados. Para él había que criticar y no dejarse embaucar por lo que decía una panda de demagogos.

Por lo anterior fue cada vez más apartado por otros escritores de su generación. De algún modo no pertenecía. Era ajeno. En plena batalla ideológica a escala mundial, la mayor parte de los intelectuales franceses, a la estela de Sartre, mantenían la obsesión por una revolución malentendida a la que había que apoyar a toda costa.

No había compromiso intelectual, sino militancia. Sartre, Simone de Beauvoir y tantos otros cerraron los ojos y callaron ante los excesos del imperio soviético y sus satélites. Cualquier francés que no aceptara tales condiciones era purgado de los círculos sociales. Fue el caso de Camus, cuyos trabajos fueron criticados con severidad por parte de Sartre hasta casi vetarlo cualquier medio en el que tuviera influencia.

Camus, en cambio, se refugiaba en la duda y en la individualidad. Visto a distancia, no parecer francés lo vuelve un ejemplo destacado de lo que significa el proyecto francés en su ideal de incluyentismo. Ya en “El mito de Sísifo”, Camus había mostrado su parecer sobre el extranjero, aquel que ante un mundo indiferente y sin luces se siente desposeído. Una división entre el ser humano y lo que tiene. Un desajuste. Una perpetua anomalía.

Camus vivía agobiado por inseguridades y el enorme peso de la responsabilidad, como definía Tony Judt en un ensayo brillante. El amor entonces era un alivio. Maria Casares lo animaba y a través de cartas y postales lo impulsaba a seguir. “Escribe y escribe”, le pedía, al tiempo que le remarcaba lo importante que sus letras eran para que ella, a su vez, aguantara sus pesares.

La vida como absurdo, en esa cruel indiferencia deparó un abrupto final para la relación. El 4 de enero de 1960 Camus se dirigió a María Casares para anunciarle su ansiado encuentro que llegaría pronto. Llevaban largo tiempo sin verse. “Bien. Última carta. Solo para decirte que llego el martes. Pronto… mi espléndida”.

El abrazo ya nunca llegaría. Camus murió en un accidente automovilístico antes de emprender el viaje. En uno de sus bolsillos iba el boleto de tren que estaba destinado a llevarlo con su amada.

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