#4 TiemposSan Luis en su historia

Aires de libertad en olla de presión | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia


Los habitantes de un pueblo comprenden y perdonan los errores que cometen sus gobernantes; pero cuando la conducta errónea de esas autoridades, se constituye en un sistema de gobierno, los gobernados no tienen otra salida que la rebelión en contra de la autoridad. El estallido de tal rebeldía, posiblemente no se manifieste como una respuesta inmediata, sino que se irá gestando poco a poco, hasta convertirse en una conflagración indomable.

El fenómeno de la guerra de nuestra Independencia Nacional, fue configurándose paulatinamente como una respuesta a la reiterada actitud negligente de las autoridades virreinales.

Muchos fueron los actos de gobierno que lesionaron los derechos y dignidad de los mexicanos; entre otros, podemos señalar los siguientes: cobro excesivo de impuestos; nombramiento de funcionarios que actuaban con despotismo y tiranía, principalmente intendentes y corregidores; desde luego, con sus honrosas excepciones; servicios públicos inadecuados; analfabetismo en grado muy elevado, principalmente en comunidades apartadas de los centros urbanos.

Otra causa que cooperaba para hacer más difícil la existencia a la sociedad virreinal, ya lo dijimos, fue la actitud despótica de las autoridades, no sólo con respecto a las clases marginadas, sino también respecto de los de las clases altas, como en este caso eran los hacendados. Estimamos que un botón de muestra de tal actitud es este contrato que vamos a transcribir, y que se encuentra en el protocolo del escribano Silvestre Suárez, consignado el día 27 de enero del año de 1797; contrato celebrado entre sesenta y dos dueños de haciendas ubicadas, dentro de la jurisdicción de San Luis Potosí y el Regimiento de Dragones, representado por el Sub-inspector Comandante de Armas, Coronel Félix María Calleja del Rey. Este contrato comprende veinte fojas.

Antes de iniciar las cláusulas del contrato, el escribano explica, que fueron celebradas varias juntas en la sala de Cabildos del Ayuntamiento de esta capital, en las que estuvieron presentes los sesenta y dos hacendados o sus representantes con el señor Calleja, para acordar las condiciones del contrato; éstas eran totalmente desfavorables a los intereses de los hacendados, por esta razón tuvieron que celebrarse varias juntas.

El contrato, como veremos, consiste en que los dueños de las haciendas debían proporcionar trescientos cuarenta y ocho caballos, entre todos, al Regimiento.

Los animales debían tener, forzosamente, determinadas características: altura, no ser patizambos, ni tener las rodillas juntas, no pasar de determinada edad y otras más. En resumen, los caballos debían estar como mandados hacer y si los que poseían los hacendados no llenaban estos requisitos, debían conseguirlos a como diera lugar, en otras haciendas, dentro o fuera de la jurisdicción.

El ejército pagaría los caballos a 9 pesos cada uno pero en abonos del 10% de este precio cada año; es decir, noventa centavos, y si el erario no contaba con efectivo, se pagarían los 9 pesos hasta el décimo año. El hacendado debía conservar en su poder los animales que le hubiere correspondido aportar; es decir, les daría de comer, beber, los cuidaría, curaría, etc. Podía hacer uso de ellos, pero siempre debían estar disponibles para cualquier momento que se necesitaran; si algún caballo moría o enfermaba, por o sin culpa del hacendado, éste lo repondría por otros que tuvieran las características indicadas. Este contrato se renovaría cada diez años, desde luego, con nuevos caballos. Esta condición se equipara a la hipoteca; es decir, que si la hacienda por cualquier motivo cambiaba de dueño, el nuevo propietario sigue teniendo la misma obligación para con el ejército.

Desde luego en este caso no faltaron, como por desgracia nunca faltan, ni faltarán en la vida, los fanfarrones que si les tocaron cinco caballos, ofrecían diez. Esto, con el único afán de congratularse con la autoridad; además, éstos manifestaron estar totalmente de acuerdo con aquellas condiciones que, antes bien, les parecían benignas y fáciles de cumplir.

Formaron mayoría los hacendados que no estuvieron de acuerdo con tamañas exigencias; porfiaron con el coronel Calleja para que reconsiderara las condiciones, y solamente lograron que se aceptara que cada propietario de hacienda, entregara los mejores caballos que tuviera en su heredad, sin tener que conseguirlos por otro lado.

Estos actos de gobierno se repitieron con frecuencia, de suerte que llegó un momento en que los gobernados no pudieron seguir reprimiendo sus anhelos de libertad; es por eso que algunos hacendados, aunque pocos, participaron con entusiasmo en las guerras de nuestra Independencia.

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