#4 TiemposColumna de Xalbador García

Adiós | Columna de Xalbador García

Vientre de cabra

 

Este texto apareció originalmente en vientredecabra.wordpress.com

 

¿Han escuchado cantar a Elvis: “I can’t help falling in love with you”? Extrañamente esa noche se oía la voz del Rey en el taxi. La ciudad pestañeaba. Yo escuchaba en silencio la manera en que el tiempo muere. Despedirme de ella significaba despedirme de las calles que me habían arropado, de esa ciudad maravillosa de tan extraña, azul de tan alegre, inmensa de tan íntima. Despedirme también de las palabras a mitad de la madrugada, de esos viajes que ahora se volvían imposibles de realizar, de la vida que se hacía vieja y no tardaría en desfallecer.

Las despedidas son así. No duele el porvenir, sino los pasos andados. El lugar al que nos será imposible volver. Recordaba la novela Lejos de Veracruz, de Vila-Matas. La nostalgia con la que el protagonista, Enrique Tenorio, afronta su nueva existencia y decide –después de explorar regiones inhóspitas, casarse, ver morir a su esposa de una enfermedad exótica en uno de esos viajes al fin del mundo, matar a un ladrón africano–, decide pues que su vida está acabada a los 27 años. Se vuelca hacia la escritura, porque sólo mediante el arte puede comprender lo vivido y extrañarlo de una manera elegante. Morir a través de cada palabra en la página.

Entonces todo se vuelve difuso, se desenfoca, y de pronto la cámara hace un paneo a una habitación en una ciudad mexicana donde me encuentro tratando de escribir todo el dolor del mundo en la hora más oscura de la noche. Tal vez Vila-Matas tenga razón. Para entender lo que nos ha sucedido debemos creer en la palabra. Sólo en el charco de tinta puede entenderse lo que hemos vivido. Aferrarnos a esos recuerdos que son lo único real en una realidad de puto espanto como la que vivimos a cada hora, cada día, en este país que ha elegido a la muerte como su leitmotiv preferido.

Cantaba Elvis y el taxi avanzaba. Qué lejos está esa noche, pero el dolor ha florecido. Es como una afluente de tiempo que llegara en esos guiños donde la escritura no es más que un intento de misericordia. En ocasiones me gustaría pensar que volveré a saborear el olor de sus piernas, la interminable sal de su cuello, el calor de su aliento cuando no había más que dos hiriendo la madrugada. En ocasiones la siento cuando tecleo su nombre. La ficción me la pela. Ella es más hermosa que todos los sueños imposibles.

Entre el tráfico, mientras más me alejaba de su cama, me sentía más cerca de ella. Y sin embargo ya todo estaba escrito. Hubiera querido regresar, seguir el camino de las sábanas para dos. El sudor que provoca el tequila es tan sólo una excusa para no soltar el llanto.

Fueron dos tragos agridulces en un taxi a mitad de la muerte de una ciudad sin nombre, pero con alma. No quería olvidar, más bien traerla conmigo en ese viaje que terminaría convirtiendo los besos y la carne en recuerdos. Qué amarga es la noche donde lo comprendemos todo. Pinche Lowry siempre lo supo: “Nadie puede vivir sin amar”.

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