#4 TiemposMosaico de plumas

Adiós, Christopher Robin | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de plumas

Advertencia: Este texto no es una reseña ni crítica de cine.

Imparto literatura a jóvenes de bachillerato. Les pregunté ¿cuál es la película más incoherente que han visto? La de Christopher Robin (Marc Forster, 2018), un oso que habla y viaja a la ciudad, qué estupidez, me dio mucha hueva. Me respondió un chico en el mismo instante que mi infancia era destrozada. Le cuestioné por qué le había parecido aburrida, comentó que era una historia muy infantil para bebés. No supe qué responder. Si bien es cierto que la película es una historia sencilla, en ningún momento me pareció aburrida. Hasta varias lágrimas me acompañaron durante todo el largometraje. Me remontó a las mañanas donde despertaba a las 6 de la mañana para ver un capítulo más de las aventuras del osito bobito.

Posiblemente las nuevas generaciones no tenían un cobertor (por así llamarlo, pues después de 18 años de uso está más cerca de ser una sábana) con un estampado de Winnie Pooh y sus amigos en su habitación. Ni recibieron un paquete de regalos en su cumpleaños número seis. Los cuales incluían un Pooh tamaño enorme, que apenas mis manos podían con él, lo cargaba a todos lados hasta que un par de semanas después, caí en cuenta en lo estúpida y tonta que me veía con él por las calles. Una mochila de Pooh, en la espalda del osito tontito tenía una cubierta dónde guardaba mis cosas más preciadas, entre ellas, un View Master de los mismos personajes que había recibido una navidad anterior. Además, se complementaba con una playera bordada por una tía con la imagen de Pooh y Tigger, sin Puerquito porque me desagradaba por estúpido y miedoso. Mi pack cumpleañero llegó dos meses posterior al estreno de La película de Tigger (Jun Falkenstein, 2000). De la cual no recuerdo mucho, pero guardo en mi memoria la esencia de la amistad y la tristeza de que Tiger no tenía familia. Recuerdo que interrogué a mi padre al salir de la sala de cine sobre porque el Tigre Toño no era su familia. Me ignoró, pero no importa, aún pasa por mi mente la escena donde Tigger nos enseñó a brincar como un verdadero Tigger. El Up-De-Duper Súper Rebotar siempre será el soundtrack de mi infancia.

Todas esas memorias brotaron en sólo cien minutos, pero como avanzaba la trama comprendí que esos momentos no volverán y mucho menos mis próximos recuerdos serían tan agradables. La película muestra el lado crudo de crecer, te olvidas de jugar y de no hacer nada. Las escenas sobre la Guerra Mundial se pueden leer como las experiencias que no decidimos, que no nos gustan, pero tendremos que vivir. La manera de prestar la vida de Robin por capítulos breves es una buena analogía con esos eventos que nos marcan en cada etapa. Es una película diseñada para los adultos, para quienes crecimos comiendo miel por imitar al oso. Es un homenaje a la nostalgia y un retrato de lo difícil que es crecer.  ¡Qué pena que no podamos vivir para siempre en El Bosque de los Cien Acres!

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