#4 TiemposSan Luis en su historia

Acotaciones a la narración que se hace sobre el descubrimiento de América | Columna de Ricardo García López

San Luis en su historia

(En la enciclopedia La gran historia de Latinoamérica)

En este trabajo hemos respetado el texto original a fin de no alterar su estructura porque nos ha parecido una bella narración. Realizamos algunas acotaciones a manera de comentarios y otras  como notas al pie de la página y de acuerdo con los estudios históricos más recientes contenidos en la investigación de Waldo Ansaldi en su obra Cristóbal Colón un falso palomo. Entre los equívocos y la grandeza.

Los días y las noches en el mar son siempre iguales. A veces la lengua ardiente del sol barre con sus fuegos la cubierta de las embarcaciones. Otras, un viento demoníaco las arroja por rumbos imprevistos. Los tres navíos: La Niña, La Pinta y La Santa María, sin embargo, continúan su marcha hacia occidente, capeando temporales, moviéndose como cáscaras de nuez entre el oleaje que se apodera de las aguas. A bordo de la nave capitana, un hombre silencioso oculta sus emociones, impide que la inquieta tripulación a su mando se deje invadir por la desazón. Con mano de hierro Cristóbal Colón maneja a sus marineros. No son muchos, por otra parte; apenas 87 aventureros con escasos conocimientos náuticos que, al partir el 3 de agosto de 1492 del Puerto de Palos de la Frontera, eludían la vida miserable de los españoles de baja condición social. En su mayoría pícaros y vagabundos a quienes los Reyes Católicos habían autorizado a servir a bordo, los tripulantes no arriesgaban en vano su pellejo. Pese a navegar sin rumbo conocido, a la deriva, en busca de tierras extrañas y sin saber qué iban a encontrar más allá de la extensa llanura de agua que tenían delante de sus ojos, algo los sostenía: la seguridad de que podían sustraerse a las penurias cotidianas en España y participar en las ganancias de la expedición para el caso de que las hubiera.

De los 87 hombres que tripulaban las dos carabelas y la nave capitana, muy pocos eran marinos: sólo los contramaestres, pilotos y timoneles. Ellos sabían cuanto había costado a Colón emprender el viaje. El almirante genovés, ya entrado en los cuarenta años y con dos hijos varones, había logrado, después de cuatro meses de gestiones que los Reyes Católicos: Fernando e Isabel, firmaran un contrato (Las capitulaciones de Santa Fe) por el cual se le reconocían, con carácter hereditario los títulos de “Almirante de la mar océano, virrey y gobernador” de todas las islas y tierra firme que descubriera, y la propiedad de la décima parte de los metales preciosos que encontrara. También tendría derecho a la octava parte de los beneficios de futuras expediciones si contribuía con igual proporción de los costos. Por su parte, los reyes ordenaron que el Puerto de Palos suministrase a Colón dos buques (las carabelas: La Pinta y La Niña con sus tripulaciones completas, víveres y aparejos.

Mercaderes y banqueros de Sevilla y Palos, así como ciertos cortesanos especuladores, contribuyeron a financiar la expedición. De esta manera se arrendó el buque insignia Santa María de 100 toneladas, y se obtuvo el aporte en dinero y experiencia de dos acaudalados marinos de Palos, los hermanos Martín Alonso y Vicente Yañez Pinzón, a cuyo mando fueron puestas respectivamente las dos carabelas.

Pero en aquella mañana del viernes 3 de agosto de 1492, la gente está inquieta. El almirante supone que “la extremidad oriental de la tierra habitada, y la extremidad occidental opuesta se hallan muy cercanas, apenas separadas por un pequeño mar”, pero el viaje es hacia lo desconocido, hacia un rumbo enteramente nuevo.

Por averías de la Pinta, la flota recala en Tenerife. Es un respiro para el temor de la gente. Pero tiene que partir apresuradamente el 6 de septiembre al enterarse Colón que una escuadrilla portuguesa procura detenerlo. El tiempo es bueno y se puede dormir en cubierta, como lo exige el tamaño de las carabelas. Pero las lluvias y las tormentas obligan, a veces, a refugiarse en las bodegas, donde ratas y cucarachas alternan con los hombres y las provisiones en un ambiente siempre húmedo a causa de las filtraciones de la madera del barco.

El día 13 se observan por primera vez variaciones en la brújula y el 17 el almirante tiene que improvisar una explicación más o menos satisfactoria para tranquilizar a su atemorizada tripulación. El 18 y el 20 ven algunos pájaros que les hacen pensar que está próxima la tierra firme. Pero pasan varios días sin novedad y vuelve a cundir la inquietud. Para tranquilizar a sus hombres, a partir de entonces, Colón falsea los asientos del libro de bitácora, haciéndoles creer que es menor la ldistancia recorrida; no por ello deja de registrar para sí secretamente el recorrido efectivo. El día 25 Martín Alonso cree ver tierra, pero es sólo una falsa alarma. El 7 de octubre su hermano hace el mismo anuncio con idéntico resultado. El hallazgo no se concreta hasta la madrugada del 12 de octubre.

El sol no había teñido aún las aguas oscuras del Atlántico, cuando un grumete de la Santa María pide permiso para hablar con el Almirante. El mozalbete, descalzo y semidesnudo en la tibia noche del otoño tropical, le señala a Colón el cielo aterciopelado y las estrellas desconocidas que van apareciendo por el sur. Pero éste ve más lejos aún: una extraña luz titila en el horizonte. Durante horas permanece el Almirante apoyado en la borda del navío con su melena gris sacudida por la brisa, como si quisiera penetrar las sombras más allá de la fosforescencia del agua y de las parpadeantes linternas de aceite que señalan, muy adelante, la marcha de las otras dos carabelas: la Pinta y la Niña.

De pronto, en la embarcación más alejada se enciende una luz de alarma, al tiempo que comienza a oírse una confusa gritería. El barco comandado por Martín Alonso Pinzón, gira en redondo para encontrar a la nave capitana. Colón no puede distinguir en la penumbra más que un grupo de hombres atolondrados sobre cubierta que agitan los brazos y, sin concierto gritan: ¡tierra! Por fin, se oye la clara voz de Pinzón que saluda al almirante y le avisa que Rodrigo de Triana, el vigía, acaba de anunciar el esperado “tierra a la vista”. Mirando en la dirección indicada, en efecto, se advierte un manchón oscuro que interrumpe la brillosa superficie del mar y forma una breve franja horizontal más negra entre el cielo como de tul y el lustroso océano alquitranado. Es tierra firme, sin duda alguna. El contorno borroso que se va perfilando con el alba es el de la isla de Watlings, en las Bahamas.

Pocas horas después, vestidos de gala, desembarcan los españoles, en esa isla que los naturales llaman Guanahaní. Portando el estandarte real, Colón toma posesión de ella en nombre de la Corona de Castilla y la bautiza con el nombre de San Salvador. Es el 12 de octubre de 1492.

Algunos historiadores afirman que el descubrimiento y colonización de América no fue para España buen negocio, que fue la ruina; si esto es verdad, nunca hubo ruina más sublime, más fecunda. La fecundidad de ese sacrificio a la vista está. Está en todo un mundo elevado a la vida civil, en todo un continente que contribuye a la civilización blanca con más indios hoy que cuando se descubrieron. Está en veinte naciones de la familia hispánica, y en los Estados Unidos, que no serían lo que son, que no serían en absoluto sin la trascendente obra española.

Estas veinte naciones constituyen entre sí, y con España, que es su manantial y su acueducto, su puente con la Historia, una holgada comunidad. Comunidad espiritual, pero ¿es que el espíritu no tiene realidad alguna? Comunidad cuya tarea y misión debe consistir precisamente en afirmar la capacidad creadora del Espíritu en medio de la Historia Universal: eso que ahora estamos viviendo, porque tal día como hoy tres carabelas llegaron a una playa absorta y virgen.

Waldo Ansaldi en su obra Cristóbal Colón un falso palomo. Entre los equívocos y la grandeza, hace una acerba crítica a lo que se ha dado en llamar Colonmanía, es decir a las celebraciones del cuarto centenario del descubrimiento de América y a quienes las organizan y alientan. Entre otras muchas cosas, se lamenta cuando dice:

se produce en un contexto conmemorativo que privilegia exclusivamente la memoria de la llegada al Nuevo Mundo, el 12 de octubre de 1492 y relega al olvido otros hechos nada triviales en la historia española ocurridos en el mismo año, como la culminación de la denominada Reconquista, con la caída de Granada el 2 de enero que selló la derrota árabe y el decreto de expulsión de los judíos el 31 de marzo. Los tres episodios son expresión de intolerancia”.

Este autor reprueba el olvido de dos trascendentales hechos históricos en la vida de España, pero él mismo comete un olvido más grave que es un hecho de trascendencia más basta consistente en la culminación y entrega de la Gramática Española de Antonio Martínez de Jaraba más conocido como: Elio Antonio de Nebrija o de Lebrija, por haber nacido en este pueblo sevillano, el año de 1444, porque después de muchos desvelos, establecía las normas de las voces castellanas y entregaba el año de 1492 a la Reina Católica un instrumento de dominio; es decir, su Gramática de la lengua española, instrumento de comunicación entre millones de hispanoparlantes diseminados por Europa y América y del que se vale Ansaldi para su crítica y yo mismo en este opúsculo.          

También lea: Otro consejo de Don Quijote | Columna de Ricardo García López

Nota Anterior

Liga MX: de la limpieza VAR al amaño de partidos | Columna de Emmanuel Gallegos D.

Siguiente Nota

Federicosas preocupantes | Columna de Ricardo Sánchez García