#4 TiemposLetras minúsculas

Abnegación | Columna de Juan Jesús Priego

LETRAS minúsculas

 

En ese monumento a la precisión y al rigor que es el Vocabulaire technique et critique de la philosophie de André Lalande, la voz abnegación estuvo a cargo de Maurice Blondel, y, en ella, para definirla, el gran filósofo francés citó las siguientes palabras de Taulero (1300-1361): «La abnegación no es otra cosa que el olvido general (oubli général) de todo lo que hemos amado en nuestra vida pasada. Nuestro caminar hacia Dios no llega a su perfección más que por la muerte del hombre viejo».

«El olvido de todo lo que hemos amado en la vida, sí, ¿pero cómo olvidar lo que se ha amado alguna vez?», recuerdo que pregunté, en Roma, a un amigo mío tras leer aquella definición; habíamos comprado juntos un ejemplar del Vocabulaire de Lalande en la librería de San Luigi dei Francesi y ni siquiera tuvimos la paciencia de llegar a casa para comenzar a hojearlo.

«Se puede, sin duda, renunciar a un amor –proseguí-, ¿pero es necesario también olvidarlo? Sören Kierkegaard renunció estoicamente a Regina Olsen, mas eso no significa que pudiera olvidarla. En realidad, todo parece indicar que nunca la olvidó: todos sus libros, o están dedicados a ella, o hablan de ella aunque sólo sea de manera velada. Ahora bien, ¿tuvo por eso su renuncia menos valor?».

Mientras confiaba a mi amigo estos pensamientos –íbamos juntos de regreso a casa en el autobús-, me vino a la memoria un pasaje de El mundo, la carne y el padre Smith, la bellísima novela de Bruce Marshall (1899-1987), el escritor escocés.

Un día el padre Smith fue a confesar a un marinero agonizante; se sentó a su lado, le habló largo y tendido de la misericordia divina haciéndole mil recomendaciones, hasta que hubo de rendirse a la evidencia: el marinero no se hallaba lo que se dice muy arrepentido de su vida pasada, pues recordaba con un placer casi melancólico a las mujeres encontradas por él en los puertos de Hong Kong, China, Tailandia e Indonesia («que llevaban las uñas pintadas de oro y calzaban zapatillas de raso negro con tacones rojos»). Es más, tan poco arrepentido estaba de haberlas conocido que –confesó al sacerdote-, «si tuviese ocasión, le gustaría volver a verlas».

El padre Smith escuchaba aquella confesión casi temblando, sin saber qué hacer para absolver al pobre marinero, pues, como es sabido, sin arrepentimiento no puede haber perdón. Entonces tuvo una salida fantástica: ya no preguntó al marinero si estaba arrepentido, sino si no estaba arrepentido de no estar arrepentido de haber tratado con aquellas mujeres. «Y entonces el marinero contestó que sí lo estaba, y que esperaba que Dios le comprendería. A lo que el padre Smith añadió que también él lo esperaba así, y absolvió al marinero de sus pecados, vertiendo los méritos de la Pasión de Cristo sobre su negligencia para con Dios y sobre aquellos vestidos que en otro tiempo hicieran tan delicioso fru- fru».

«No hay que pensar mal de este pobre moribundo –seguí diciendo a mi acompañante, siempre con el Vocabulaire en una de mis manos-. Nada asegura que aquellas mujeres que él recordaba con tanto cariño en su lecho de muerte fueran todas unas mujerzuelas, como nada asegura tampoco que hubieran tenido con él quién sabe qué tipo de relaciones de carácter sexual. A lo mejor sólo habían tomado juntos una copa. El caso es que formaban parte de su pasado y él cargaba con ellas todavía en su corazón: eran parte de esa vida que era nada menos que la suya. Ahora bien, ¿cómo no recordar, si no ya con ternura, al menos con misericordia nuestro propio pasado?

«Soy lo sido, dice Joaquín Antonio Peñalosa (1921-1999) en una de sus poesías –volví a citar de memoria-. Somos lo que hemos sido, es decir, lo que ha hecho con nosotros nuestro pasado. Podemos reconocer que nuestra vida no fue lo que hubiésemos deseado, que nuestras realizaciones no supieron estar, quizá, a la altura de nuestros sueños, pero no por eso podemos maldecirlo. Me imagino que esto fue lo que pensaba San Agustín al exclamar: O felix culpa!, refiriéndose al pecado de Adán, y acaso pensando también en su propio padre, que no había sido ciertamente un santo pero que era el hombre del que Dios se había valido para hacerlo nacer a él. Y en la genealogía de Jesús, que Mateo cita con tanta prolijidad (Cf. 1,1ss), ¿no hubo por lo menos una prostituta cananea llamada Rahab? ¡Ah, pensar que hasta en la genealogía de Jesús…! Sí, feliz culpa.

Al absolver a aquel viejo marinero, el padre Smith había presentido algo maravilloso: que Dios acoge a sus hijos con todo y su pasado; que los recibe como a viajeros que llegan a casa tras un largo recorrido y traen consigo el fardo de su equipaje: un equipaje hecho de rostros, presencias, palabras dichas o sólo balbucidas, de lágrimas vertidas o celosamente conservadas.

Mi amigo me escuchaba con atención, y mientras contemplaba por la ventanilla las ruinas de Castel Sant’Angelo que iban quedando atrás parapetándose en la niebla –era ya la hora del crepúsculo: del hermoso y hechicero crepúsculo romano-, movía afirmativamente la cabeza, como si estuviera de acuerdo conmigo en lo que acababa de decirle, o como si él también, a pesar de todo, aún recordara algo que no pensaba olvidar…

También recomendamos: Los secretos de Dios | Columna de Juan Jesús Priego

Nota Anterior

Alejandro Zapata renunció a Comisión Permanente del PAN

Siguiente Nota

Así amanece el precio del dólar hoy 21 de febrero en SLP