#4 TiemposColumna de Dalia García

Abandonados, perros y humanos | Columna de Dalia García

Divertimentos

 

A diferencia de un perro abandonado, callejero, el humano vive quejándonose de todo, sin mover un solo dedo para recobrar la vitalidad; llora sus penas incontrolable y amargamente. Los perros, en cambio, no se quejan, no hacen ruido cuando están heridos; al contrario, se alejan del poblado, buscan un lugar oculto en el que puedan acoger su dolor; callan, se enroscan sobre su propio cuerpecillo y esperan. Lo mismo hacen otros animales de gran majestuosidad, como el león.

Como los perros de la calle, el humano está abandonado; pero la suya es una situación de autoabandono; consiste en el olvido y dejadez de sí mismo, de modo que todo lo reduce a lo externo, lo material, lo [del] otro. Y de ahí, las posibilidades de autodestrucción comienzan a ser cada vez más palpables: poco a poco se convierte en humano rabioso, que atestigua y contribuye a la extinción de su propia especie.

¿Cómo reconocer a un humano abandonado y rabioso? En la etapa inicial, camina lento, extraviado, agrio; y abandona a su tribu y a sus perros. En la fase intermedia, comienza su hambre de todo lo que no es suyo y de lo que no es; por eso ataca a otros de su especie y de especies distintas, así obtiene lo que cree necesitar.

En la etapa terminal, inevitablemente pierde sus miembros a causa de sus destrozos, pero aun así continúa, hasta que finalmente muere. Lo peor de este ciclo es que el humano rabioso, a diferencia de cualquier animal, actúa con conocimiento de cada paso que da; y esa es su condena.

 

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