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A la verdadera afición | Columna de Andrea Lárraga

Mosaico de Plumas

“¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales”

Eduardo Galeano, El fútbol a sol y sombra

Crecí entre las gradas del estadio Alfonso Lastras Ramírez, cada quince días me senté para disfrutar los 90 minutos del partido en compañía de mi padre. Un refresco y unas pepitas eran suficientes para fomentar mi pasión por el futbol. Cada ida al estadio era una experiencia diferente, por más romántico que se escuche, el deporte me provocaba sentir algo. Desde la tristeza y decepción de ser un hermano menor que sólo servía para sumar puntos al que dicen las televisoras es el más grande. Hasta el sentimiento de la felicidad que puede provocar la anotación de un gol frente al Atlas.

Asistí en la adolescencia con un par de amigos, el sentimiento era el mismo sólo que con un par de grados de alcohol en mi sangre. El sentimiento irracional de seguir un par de colores me llevó a conocer un par de ciudades. Aunque siempre he reconocido la importancia de las barras. Nunca fui tan valiente para realizar el viaje en los autobuses de las barras. Admiro su pasión para alentar por más de 90 minutos sin importar el marcador. Ser capaces de adaptar desde los éxitos villeros hasta el último hit de Maluma. De viajar a Sudamérica para apoyar en la Copa Libertadores, sin importar que la influenza nos quitará el sueño de levantar la copa al sur del continente. Mis ganas de viajar con ellos siempre han sido detenidas por sus actitudes y los prejuicios sobre ellos.

Prejuicios que se han esparcido por el país. Sólo unas cuantas horas después de lograr el bicampeonato, un par de colegas me propusieron apostar la quincena en el próximo San Luis vs Querétaro. Reconocieron el logro del Atlético de San Luis y estaban listos para verme en la Corregidora.  Aunque más de uno me advirtió lo peligroso que podía ser pasear por la ciudad con el jersey oficial. Agregaron que habían visto vídeos sobre la celebración del ascenso, afirmaron que eso es lo que siempre le ha fallado al San Luis: su afición. Quise decirles que yo era seguidora de otro San Luis, uno que entiende que el fútbol es un deporte. Quiero decirles que soy parte de una afición que se merece pertenecer al máximo circuito.

El bicampeonato es para la afición que entiende que el deporte es un entretenimiento. Para aquellos que han estado en los partidos que ya no cambian la posición en la tabla. Aquellos que comprenden que no todo depende de los jugadores. Aquellos que le aplaudieron a Marcelo de Faria como a Nico Ibañez. Aquellos que celebraron las atajadas del Conejo Pérez, Christian y Adrián Martínez.

El bicampeonato no es para aquellos que se comportan como animales al terminar un partido. No es para aquellos que lanzan piedras al autobús del equipo rival. Mucho menos para los que destrozan coches de su misma afición por la “emoción” de ser campeones.

Tampoco es para los que nunca pisaron el estadio durante toda la temporada pero que sólo compraron un boleto para presumir en redes sociales su asistencia la gran final. Esos villamelones merecen un círculo en el infierno junto los avariciosos que vendieron sus asientos a una afición que de grande sólo tiene el Cerro de la Silla.  

Para los verdaderos aficionados: Estamos en primera.

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