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A la ciencia le urge marketing. Columna de León García Lam

CONTRAPUNTO.

Los hechos: Un joven canadiense basado en obsesivos estudios de la cultura maya desarrolló, no se dice con qué lámina(s) del Códice Madrid (también llamado Trocortesiano), un mapa estelar. Solo este hecho es suficiente para lograr un Doctorado en Estudios Mesoamericanos y la unidad de por lo menos cinco disciplinas (la epigrafía, lingüística, etnohistoria, geografía y antropología). No conforme con ello, proyectó este mapa estelar maya sobre una extensión de google maps. Se dio cuenta de que la ubicación de las ciudades mayas correspondían a la ubicación de las estrellas y que en tal caso faltaba una ciudad. Entonces el niño tomó su bicicleta y fue a un prestigioso centro de geografía y solicitó verificar mediante imágenes satelitales esa ubicación y voilá “se descubre una ciudad perdida” que debió tener el nombre de “Boca de fuego”. Los arqueólogos mexicanos miran con ojos de mucha envidia el sencillo pero sabio éxito del niño mayista.

Esta narración refleja la manera en la que el mundo ordinario imagina y recrea cómo funciona la ciencia y sus avances. De alguna manera estamos acostumbrados a relatos de este tipo: Newton descubre la gravedad cuando le cae una manzana en la cabeza; Arquímedes reconoce la densidad de la materia cuando se mete a bañar a la tina; Mendel sienta las bases de la genética mirando crecer frijoles; etc. Y si bien estas narraciones tuvieron el propósito de facilitar la explicación científica del mundo, las narraciones por sí mismas no generan conocimiento científico.

Lo que significa que la noticia que hoy sigue dando vueltas al mundo es tan falsa como una promesa de campaña.

No quiero explicar aquí por qué es imposible deducir un mapa estelar del códice Madrid; ni por qué un mapa celeste actual no correspondería con la precisión ni con los intereses de la cultura maya, que no eran precisamente naturalistas como refleja el estilo mismo del códice Madrid. Mucho menos con la exactitud de construir ciudades emulando posiciones celestes. Ni muchos errores más. Tampoco tendría caso, porque por más que se explique un hecho, las creencias siguen haciendo su trabajo.

Esta clase de relatos pseudocientíficos, que pululan por las redes sociales, que infartan a los especialistas, y que dejan en los creyentes ojos chisporroteantes de una victoria muy extraña, tienen una estructura común.

Primero. Los argumentos pseudocientíficos son muy fáciles de entender. No es necesario ser especialista para comprender su procedimiento, ni sus bases teóricas ni sus resultados. Nos convencen de inmediato. Póngase a prueba, lea un artículo de la revista Science, verá que no es tan fácil comprender un resultado científico sin ser especialista de algún campo.

Segundo. El relato pseudocientífico es muy fácil de compartir pues genera una especie de convicción profética y dan muchas ganas de ayudar a difundirlo. En el caso del niño arqueólogo muchos portales, blogs, realizaron sus propias narraciones y explicaciones del hecho. Lo cual no ocurre con otros “descubrimientos”.

Tercero. Tienen un discurso revanchista que despide un olor a “…un niño de primaria sabe más que ustedes científicos”. Hay una especie de lucha contra el racionalismo y la ciencia. Una confrontación contra la soberbia científica.

Cuarto. Aunque están construidos de verdades estos relatos en conjunto son la falsedad pura. Es cierto que hay ciudades mayas sin “descubrir”, hay un códice Madrid, es cierto que los mayas y todas las culturas del mundo estuvieron (están) obsesionadas con las estrellas. Incluso puede ser cierto que eso que aparece ahí, en el mapa de Google sea una ciudad “sin descubrir”.  Pero todo el relato en su conjunto resulta ser una gran falsedad.

Aplique usted estos mismos principios a la historia de las sirenas, a la extinción de las abejas, a los imanes que curan, a las flores de Bach… Estos relatos resultan ser interesantes, sugerentes, comprendidos por todo el público y, aunque son falsos, venden millones de dólares en publicidad.

Quizá a la ciencia lo que le hace falta para ser atractiva es un marketing manager.

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