#4 TiemposColumna de Adrián Ibelles

13 minutos | Columna de Adrián Ibelles 

Postales de viaje


El viernes por la mañana llegué a mi cita, caminando. Iba con tiempo, había despertado una hora antes de que sonara el despertador. Aunque se me pidió ir bien desayunado, solo comí un sándwich y me llevé una manzana en la bolsa. Guardé mis documentos y busqué la clínica en el Google Maps. Eran 13 minutos a pie.

Ocho de la mañana y la calle vacía. Busqué sin éxito un jugo verde o por lo menos uno de naranja, pero los puestos recién se levantaban. Apenas completé 10 minutos. Anuncié mi llegada y una doctora me pidió que aguardara, sentado entre mujeres de vientres abultados y bebés sin tamiz.

Me llamaron tan rápido que apenas me estaba acomodando. Preguntas de rutina. Nombre, edad, estado civil, dirección, número de hijos, ¿está usted consciente de que este método es permanente?

Le dije que sí a la doctora, con la seguridad con la que no recuerdo haber confirmado nada antes en la vida. Se trajo el bóxer ajustado y se rasuró.

Sí, a consciencia, acepté. Está usted muy joven, me dijo, luego como para no asustarme me dijo, pero los hemos tenido más chiquitos.

El doctor llegó un poco después. Venía con unas mantecadas en la mano, charlando sobre una señora que se había llevado a su hijo de la incubadora. ¿Y si le pasa algo?, le decía el doctor a una enfermera. Unos cincuenta años, risueño. Se hacen muchas de estas, doctor. Pregunto. Unas cinco o seis a la semana, me contesta el doctor, para mi sorpresa, asumía que era menos frecuente por la velocidad con la que me dieron mi turno en el Seguro Popular (de un día a otro).

Luego de las presentaciones terminamos el papeleo y me pidieron que me quitara el suéter, el pantalón y los zapatos. Me dieron una bata, un gorro, unas mallas para los pies y un tapabocas. El doctor me acomodó bajo la cabeza una colcha a modo de almohada y luego levantó mi bata, puso una lámpara a un metro de mis genitales y bajó mi bóxer. Me explicó que era necesario para ablandar la piel. Me encintaron el pene y se pusieron sus disfraces: batas, tapabocas y guantes.

Había tres personas a mi alrededor, mientras yo tenía los calzoncillos abajo, una luz muy cálida sobre mis testículos y todo estaba bien. Al principio fue extraño, pero ambos doctores trataron de distraerme con algunos chistes (esta es mi primera cirugía, pero dice mi maestro que voy bien).

Ya emperifollados, me pusieron una inyección, que me dijeron iba a ser lo más doloroso de la intervención. Un piquete nada más, un tormento fantasma. Luego ambos abrieron, jalaron, cortaron, limpiaron y cerraron. Todo pasó mientras hablaban del nuevo equipo que les habían dado (estas batas están bien bonitas, hasta la quiero reutilizar), de mi trabajo y de lo complicado que es practicar una vasectomía a alguien con obesidad.

13 minutos después el doctor se comenzó a quitar los guantes. La enfermera me puso una gasa y un par de cintas (está peludito, esto lo va a sentir cuando se lo quite) y me mostraron los fragmentos retirados de mi conducto seminal.

Me vestí, me tomé un par de antiinflamatorios y me llevé un paquete de preservativos (en unos tres meses usted ya puede tener relaciones sin ellos, pero primero haremos un análisis para asegurarnos). Salí caminando, con apenas la sensación de que algo había pasado. Eché mis tripitas en una bolsita, junto a mi manzana. Tomé un taxi y llegué a casa.

Las instrucciones son sencillas. El servicio (público) eficiente. La operación es rápida y presenta pocas molestias, y la recuperación es apenas necesaria (solo tuve que tomarme un par de días en el trabajo).

Entonces, ¿porqué se me trató como a un héroe todo ese tiempo?

Al llegar a casa Sandra me contó que hay grupos de Whatsapp en nuestra ciudad, de hombres que están en contra de la vasectomía. Luego hablando con algunos conocidos y amigos, me di cuenta de que la creencia es generalizada. Los hombres en su mayoría, ven este procedimiento como un atentado a su virilidad. A su centro de poder.

Y yo no lo puedo creer.

Un conocido incluso me reclamó por no hacer “que mi vieja” se pusiera algo. ¿Después de un parto de 36 horas, sin anestesia, esperabas que la llenará de hormonas solo para mantener mi semen intacto? Qué miedo las dos cosas, me contestó. Pero no se puede comparar.

En su mayoría veo rechazo. Siento que culpan a mi pareja, de una decisión que había tomado con su consentimiento, pero no bajo su orden. Para cuidarla, pero también para cuidarme a mí.


¿De dónde surge tanto egoísmo? ¿Cómo puede seguir existiendo una falocracia como esta?

En contraparte, no hubo una mujer que no me felicitara. Que no me dijera lo importante que era mi decisión. Me sentí mal, ¿de verdad somos tan mezquinos como para defender con tanto ahínco medio centímetro de tripa?

Han pasado unos días. Me siento muy contento y convencido de que hice bien. El desgaste físico y emocional que ha sido tener un hijo me dio la fuerza para contrarrestar los rumores infundados y la desinformación. Para encontrar una solución en derrumbar prejuicios y dejar que un par de manos manipularan mi escroto, me hicieran una incisión diminuta y me mandaran a mi casa de inmediato.

 

Y nadie me hizo un tacto, no tuve veinte estudiantes observando, las enfermeras no me pidieron que me callara (ahora sí gritas), nadie me hizo una abertura en mis genitales para sacarme un bebé de tres kilos, en ningún momento mi vida corrió peligro, ni sufrí un dolor más grande que el de un pelito que se arranca.

En unos días podré regresar a mi vida normal. En tres meses haré una prueba para comprobar mi infertilidad. De ahí en adelante podré sentirme seguro de tener a mi familia ya completa. Dedicarle tiempo a mis hijos. Tiempo para nosotros como pareja.

Cambié mi “virilidad” por una certeza. Me parece justo.


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